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“Ritalín o para afuera”: El Trastorno por Déficit de Atención y las escuelas

Por Miranda Simon

“I don’t need no arms around me
And I dont need no drugs to calm me.
I have seen the writing on the wall.
Don’t think I need anything at all.
No! Don’t think I’ll need anything at all.
All in all it was all just bricks in the wall.
All in all you were all just bricks in the wall.”
-Roger Waters, 1979

 

– Él iba a cumplir 7 y yo 18 – cuenta Germán Ramírez de su hermano menor – Yo estaba en cursos, adelanté 2 años e hice lo que quise; mi hermano era igual que yo – era lo normal entre nosotros. Entonces le dieron Ritalín y empezó a bajar su desempeño académico. Y si alguna vez viste a un niño dopado, así se veía él Pero, como era una orden médica dada por un neurólogo y mi padre, con su background de médico, dice que se tiene que cumplir porque se tiene que cumplir. Hace 20 años empezaron a haber estudios más profundos en Estados Unidos; el Ritalín era algo nuevo y que habian visto que sí funcionaba… era lo que mejor funcionaba en ese entonces – para algunas personas – porque para otros resulta contraproducente. En las escuelas no saben tratar a alguien con déficit de atención y alto coeficiente intelectual – porque esa es la otra desventaja, el déficit de atención suele ir acompañado por un alto coeficiente intelectual.

– ¿Desventaja?

– Sí. Es una desventaja, que tengas que decir: bueno, tengo que intentar concentrarme para aprender algo y, tan pronto lo ves, ya te lo aprendiste. Entonces te preguntan, lo respondes y tienes que seguir escuchando eso que ya te sabes. Vas siempre más rápido que los maestros y ya no puedes prestar atención.

Al terminar esta conversación me quedé pensando: Si genios como Einstein y Beethoven hubieran nacido en los ochenta, hubieran sido diagnosticados con Trastorno por Déficit de Atención (TDA) por ser inadecuados, gritones, e impacientes en el aula. Probablemente hubieran tomado Ritalín para calmar ese temperamento; sofocar esa rebeldía. Ya no serían genios. Si el padre de Armando Ramírez hubiera escuchado a los médicos, este niño de 8 años no podría inventar juegos de cartas tan complicados que ni su familia adulta puede entender, o subir de año escolar indefinidamente, dentro de un sólo periódo escolar – sin siquiera inmutarse. En el momento en que asfixiamos energías vitales con medicamentos psiquiatricos, evitamos cuestionar el sistema educativo y el concepto de normalidad que tenemos tan arraigado en la conciencia. Nos permitimos seguir ignorando que, en la realidad, no existe.
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